Son muchos los motivos por los que así ha sucedido y no viene al caso repasarlos en este momento, salvo señalar dos cualidades que potenciaron la epopeya: la certeza de que siempre sería mejor hacer el intento y la capacidad de diagnosticar para decidir, trazar planes alternativos, darle ejecución simultánea y finalmente, para transmitirlo mediaticamente como narración mitológica decodificable en cualquier sitio del planeta donde haya un sujeto y un televisor.
Poco importa si propaganda sí, propanada no, si derecha o izquierda, jugada magistral de un presidente al que le urge instalar confianza ante tanta catástrofe, si perversa especulación. Potenciar algo a tan inaudita y colosal escala sucedió. Y eso no puede ser un propósito, ya que siendo un propósito jamás podría suceder.
Por un tiempo persistirá la resonancia de las cinco letras con un significado superador con creces del significado gastronómico o de una camiseta en un mundial.
Para los chilenos es probable que se traduzca en un nuevo registro de sí mismos, o de su propia capacidad de generarse optimismo, o en un nuevo hacer, indispensables para sobrellevar la gigantesca catástrofe natural tal como planteó el presidente entrante con conciencia neurolinguística de lo que decía señalando la posible resignificación.
A cambio de una catástrofe no natural previsible pero localizada, se volvió a contar para la humanidad mas general, el relato mitológico del círculo de la vida y de la muerte, en el dialecto mediático de estos tiempos.
Se vió a la tierra volviendo a parir las vidas ya paridas, vidas de 33 cristos anónimos con un trabajo mas insalubre que la peor carpintería, resucitados de abajo hacia arriba, del inframundo al cielo de la tierra, acorde a la escala humana.
La contundencia del episodio será mas suave pero probablemente tan regeneradora para ellos mismos, quizá como volver a vivir después de la caída de las torres en la tierra del poder, por lo menos en lo que será su propia reconstrucción después del megaterremoto, un mojón indicador del alcance de su propio poder colectivo.
Los azares quisieron que en el país vecino, el suceso conocido como Bicentenario tuviera connotaciones de cabotaje y se configurara como feria de variedades y desfile de carrozas, un intento de carnaval cuya pregnancia ha sido demasiado efímera para haber sido real.
El canal verdaderamente popular, no dejó de emitir durante estos días, un documental que, con necrófila insistencia, se detenía en la imagen de una de las momias sagradas locales cuyas manos fueron cortadas.

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